Gaspar Llamazares, el nuevo muecín
La polémica sobre el rezo en la Mezquita de Córdoba es demasiado artificial. Bien es cierto que los espectadores estamos acostumbrados a ver debates televisivos prefabricados y, aún sabiéndolo, los vemos con gusto solo porque el show lo merece. Pero cuando el show es aceptado y transmitido como realidad por parte de los informadores, se entra en una dinámica peligrosa porque ahí el engaño no se da por hecho.Uno de esos "montajes" para los objetivos de las cámaras fue el rezo de Mansur Escudero en Córdoba hacia la Meca y... hacia las cámaras.
El objetivo puede ser discutible: la petición de que la Mezquita retome la actividad religiosa para la que se levantó. Sin embargo, lo inadmisible es el "chantaje" social que se hizo a través de los medios y con el apoyo hipócrita de algunos demagogos de la izquierda como Gaspar Llamazares. Éste apeló a la aconfesionalidad del Estado y a la necesidad de crear "ámbitos de participación". El primer argumento es irrelevante en la discusión pues la Mezquita no es un edificio del Estado de forma que le corresponda a él la decisión sobre su uso. El segundo argumento refleja lo lejos que está de poder entender la relación adecuada entre comunidades religiosas. Él, en su pobre lenguaje sesentayochesco, llama "ámbito de participación" al respeto y colaboración entre religiones y cree que compartir un espacio sagrado es ser más intercultural y plural. No se da cuenta de que convertir un lugar sagrado en un lugar plurisagrado despojándolo de su sacralidad es un gran ataque a lo esencial del rito. O quizás sí se da cuenta y por eso nos encontramos con que un ateo antirreligioso defiende el rezo de un creyente.

























